Las tierras exóticas del vino

Las tierras exóticas del vino

Puede que el cultivo de uva no sea la principal actividad de algunos países del mundo, sin embargo existen pequeños terruños que comparten espacio con algunos territorios protagonistas de la historia universal, de allí surgen vinos exóticos que pueden sumarse a una experiencia de viaje.

¿Vino de Tahití?

La primera cepa completa su ciclo vegetativo en tan solo cinco meses en Polinesia y gracias a su particular poda da lugar a vinos alcohólicos, coloreados y con gran estructura.

La Muscat de Hamburgo, aunque soporta a duras penas la humedad, si crece sometida a largos periodos de sol intenso da lugar a frutos de color muy oscuro y aromas típicos de la variedad. Se utiliza para obtener vinos rosados muy aromáticos.

Tasmania, el otro nuevo mundo

Los vinos de Tasmania, debido al clima fresco de esta isla, se apartan del resto de los vinos australianos. Los viticultores en esta región tuvieron retos adicionales, pero este desafío les permitió lograr algunos referentes con acentos muy particulares.

Ahora Tasmania cuenta con más de 200 viñedos y elabora más de 6.500 toneladas de uva al año. Sus largos y soleados veranos favorecen el crecimiento de las Chardonnay, Pinot Noir, Gewürztraminer y Riesling e incluso los espumantes elaborados con Pinot Gris le han permitido a Tasmania ganar reconocimiento.

Grecia, vinos con historia

En Santorini, donde los terremotos son constantes y el suelo es árido y volcánico, se cultiva una variedad, la Mavrotragano, capaz no sólo de soportar estas características, sino de dar lugar a vinos casi legendarios por la escasez de plantaciones de esta uva.

Santorini es un paraíso donde también crece la Assyrtiko, considerada una de las mejores variedades blancas del país y un verdadero reto para los viticultores, por su sensibilidad a la oxidación.

Al hablar de vinos griegos es necesario recordar también a los famosos retsina, un vino que Grecia ha exportado durante más de 2.000 años. Los griegos en la antigüedad sabían que el aire podría echar a perder el vino, por lo que utilizaban resina de pino para sellar las ánforas en las que se almacenaban y transportaban. La resina añadida también al vino formaba una película protectora que lo aislaba del aire. Hoy los productores la añaden al mosto. El retsina tiene multitud de variedades y procede de diferentes vinos base.